Por qué me gustan las fotos en blanco y negro
Cuando empecé a tomar fotografías —mucho antes de dedicarme a las bodas—, un profesor dijo algo que se me quedó grabado: fotografiar en blanco y negro nos permitía trabajar con mayor libertad, sin preocuparnos tanto por los colores.
En ese momento, como fotógrafo principiante, el color me generaba mucho estrés. Había demasiado verde, demasiado blanco, tonos que no combinaban o que distraían. Ver la escena en blanco y negro me permitía dejar esas decisiones para después y concentrarme en lo realmente importante: el encuadre, la luz, la exposición y el instante.
Con el tiempo descubrí que el blanco y negro también tiene una forma muy especial de hablar de las emociones. En una boda, dirige la mirada hacia los gestos: una sonrisa contenida, unas manos temblando, una lágrima inesperada o la expresión de quien ve a la persona que ama por primera vez ese día.
También transforma los detalles. Un vestido, un traje o un velo adquieren una elegancia distinta. Dependiendo de la luz, una fotografía puede sentirse limpia y atemporal, o intensa y profundamente dramática.
Los años también me enseñaron que no todas las bodas se fotografían igual. Cada pareja tiene una personalidad, una energía y una historia diferente. Cambian los colores, cambian los escenarios y cambian las emociones. Pero hay algo que el blanco y negro siempre consigue: hacer que el sentimiento sea el protagonista.
Ya hablaremos del color otro día. Después de todo, también tiene su propio lenguaje.
Por ahora, esto es solo un pequeño apunte para mí y para quien pueda servirle. Porque fotografiar en blanco y negro no consiste en ocultar errores; consiste en recordar que una buena fotografía nunca depende únicamente del color. Depende de la luz, de la composición y, sobre todo, de la emoción.

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